Guardando la pizarra

Porque las botas llevan colgadas mucho tiempo… ahora hablaremos de baloncesto

El triple de Michael Antonio y las estaciones pirenaicas

Publicado el 3 de Septiembre de 2007 - Categoría Momentos - Autor: Jaime H. Stinami

Puede que sea la no-canasta que más veces he visto repetida. Quizá con aquella de Montero y Vrankovic.

No sé cuánto tiempo pasó desde que Ansley suelta el balón hasta que el aro lo manda a Candanchú. Sí sé cuántas cosas me dieron tiempo a pensar en esos largos y cortos, inolvidables, amados y odiados segundos:

Lo primero que pensé fue: …como lo meta, esto se hunde... Imaginaba una explosión literal de ruido, emociones y sudor que se condensaría instantáneamente -¡qué calor hacía!. Eso sí, un calor húmedo. No como en Sevilla, o Madrid, que el clima es más seco, te abrigas y no tienes frío. En Málaga, (para quien no lo sepa) el clima es más húmedo, y el frío se te cala hasta los huesos. …Hola, buenas, ¿a qué planta va? ¡Qué frío hace!, ¿verdad? Sí, pero no es el frío, es la humedad…”-. Pensaba que en décimas de segundo, todo el aire del interior de Ciudad Jardín pasaría a estado líquido, con los problemas que eso conllevaría, a pesar de que las cuatro puertas y los ventanucos de detrás de tribuna alta estaban abiertos. Para salvar la vida sería necesario, conseguir subir buceando hasta la superficie que estaría aún muy cerca del techo. Me dí cuenta en ese momento que estaba conteniendo la respiración. Solté aire y cogí todo lo que pude.

La gravedad del asunto aumentaba pues con seguridad bajaría varias filas sin tocar el suelo por el empuje de la masa como ya pasó cuando Nacho Rodríguez empató el partido de liga regular contra el Joventut de esa temporada. Pasamos en menos de un segundo de estar en la fila 8 del fondo C a la fila 3; además, los bancos suecos que formaban el fondo (sí, suecos, como las suecas, pero suecos) también bajaron con nosotros. No pudimos ver los dos primeros ataques de la prórroga reconstruyéndolo todo.

Me vinieron a la mente las personas con las que había quedado en el centro del campo tras la victoria y en el centro de la ciudad tras el partido. No habíamos fijado hora, ¿cómo los encontraría? ¿cuánto tiempo estarían esperando? ¿por qué no existiría un invento, una especie de teléfono que pudieras llevar contigo, para poder decir: …cuando llegue te llamo..?

Reparé también en cómo había cambiado el ambiente del pabellón en tan poco tiempo. Hasta mitad de temporada, como las anteriores, no se llenaba casi nunca. El año fue tan bueno, que se sacó un abono de media temporada para la segunda vuelta. A partir de ahí se multiplicó el apoyo al equipo como nunca se había visto (ni nunca se volvería ver, ni siquiera en los títulos de copa del rey y liga posteriores).

Recordé que mi amigo Antonio me contó que su padre veía los partidos de la final por la tele: …¿tu padre?.., pero si ni siquiera seguía el fútbol. Era el prototipo perfecto de no-seguidor de ningún deporte. De hecho, era la familia perfecta de no-seguidores. Me extrañaba de él que viera los partidos.. pero ¡su padre!. …Le obligareis”, le dije. …Qué va, y además los vive, te costaría creer cómo da puñetazos al brazo del sofá y patadas al suelo…”. Aún hoy, más de diez años después, me cuesta creerlo.

Media hora después o medio segundo después, o segundo y medio después, el balón da en el aro y se va a Formigal. Lo recoge Salva Díez o Montero, ¿quÁ© importa?

A partir de aquí hay un vacío en mi mente. No se si hice que me lobotomizaran la parte del cerebro donde estaba la memoria de esas horas. No recuerdo nada, si se aplaudió o no al equipo, si tardé mucho en salir o no del pabellón. Tampoco lo recuerdo, pero estoy seguro de que mi hermano y yo teníamos una alegría de espíritu tal que aquel día en Puerto Hurraco hubieran parecido Gandhi y la madre Teresa de Calcuta comparados con nosotros. No se cuánto tiempo tardan en prescribir qué cosas, pero si ahora me dicen que se ha descubierto que delinquimos juntos en aquellos momentos matando a alguien, quemando coches o asaltando supermercados, me costaría creerlo menos que lo del padre de mi amigo Antonio. La sensación de derrota era absolutamente absoluta.

Mi memoria vuelve a funcionar ya en casa. Imbroda hablando con José María García. Me llamó mi amigo Áñigo, compañero de baloncesto, de equipo, de pachangas de verano hasta la puesta del sol, de muchos partidos desangelados en Ciudad Jardín. Me dijo que me animara, que si la justicia o dios (algo así) existían, aún ganábamos la liga en el Palau… Ahora todos sabemos que dios no existe, que se lo cargó Nietzsche, y que la justicia es un cachondeo, ¿verdad, Pacheco?

Al día siguiente, en la facultad, no entendía nada. ¿Por qué seguía la vida, como diría Sabina, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido?. No entendía que no fuera yo el más indignado, no entendía que no me dieran el pésame a mí. No entendía que mi amigo Francis me dijera: …Ah, sí, el partido. Lo vi en Carranque, bueno, es un decir, porque la pantalla era una mierda, no se veía nada, y del calor tenía las gafas empañadas… .. ¿Del calor? No es el calor, es la humedad… Y se permite preguntarme por qué cuando hay faltas, a veces se tiran tiros libres y otras veces no. Mientras pienso si contestarle, callarme o golpearle, el Viruta dice sonriente. …Yo lo vi en la plaza de toros, si mete la canasta el asley ese no veas la que se hubiera líao”. El Viruta probablemente ni siquiera sabía que los tiros libres se llaman tiros libres.

Y el triple de Ansley rebotó en el aro y el balón se fue a Panticosa, y en la ciudad donde vivo había personas (al menos, tres) que nunca antes habían visto un partido completo de baloncesto y que probablemente nunca más volvieron a verlo, pero que sí vieron cómo un balón puede ir de Málaga a Cerler en unos segundos. Yo me dejé el alma allí, descubrí la muerte de dios y el cachondeo de la justicia, pero el padre de Antonio pateó el suelo, y gente como Francis y el Viruta, que lo más redondo que habían visto hasta entonces era una ventana se fueron a …perder.. una tarde a ver un partido de baloncesto.

Y el triple de Ansley rebotó en el aro y el balón se fue a Ordino-Arcalís.


Comentarios

4 Respuestas a “El triple de Michael Antonio y las estaciones pirenaicas”

  1. flaps el 12 de Septiembre de 2007 a las 11:31 am

    yo tambien vivi aquel partido, tambien estaba en el fondo, en tercera fila, y tambien crei tocar el cielo cuando de repente alguien me tenia agarrado y me puso los pies en el suelo. Fue ese balon de Ansley que nunca entro….
    que recuerdo tan bonito. Luego, nada fue igual, ni siquiera en el precioso pabellon recien estrenado, ni el ambiente, ni las canciones, ni la gente, ni la alegria, ni nada. Solo en el fondo de cuidad jardin te hacias amigo de el de al lado, delante y detras, tras saltar de alegria tras algun triple de babkov o alguna jugada de Ansley…

  2. Jaime H. Stinami el 12 de Septiembre de 2007 a las 12:09 pm

    Jejeje, lo dicho, estoy de acuerdo.
    Quizá estábamos sentados (bueno, lo de sentados es un decir) cerquita.
    Un saludo.

  3. Pedro el 12 de Septiembre de 2007 a las 13:35 pm

    Siento decir esto en un blog no mío… pero vaya MIERDA.

    Llevas razón, ni Dios, ni la justicia, ni mierdas.

    Qué asco. Qué recuerdos. He vuelto a llorar leyéndo esto.

    PD: Creo que el maldito rebote lo cogío Crowder…
    “Crowder for never, que feo eres”

    QUE INJUSTICIA.

  4. Jaime H. Stinami el 12 de Septiembre de 2007 a las 14:00 pm

    Jajaja. Recuerdo esa pancarta, sí. Ese partido puede que fuera el partido de las pancartas, había de todo tipo, de todos los jugadores del Barcelona, de Aíto, de Ramón Trecet…

    Un saludo.

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